Los nietos de sus hijos vivirán bajo el comunismo. Ustedes los americanos son tan crédulos. No, no aceptarán el comunismo de plano; pero, nosotros seguiremos dándoles pequeñas dosis de socialismo hasta que finalmente despierten y descubran que ya tienen el Comunismo. No tendremos que luchar contra ustedes. Debilitaremos tanto su economía, hasta que caigan como fruta madura en nuestras manos. La democracia dejará de existir cuando quiten a quienes están dispuestos a trabajar y den a quienes no lo harían.Nikita Khrushchev
En la Viena de principios del siglo XX, un joven de origen judío llamado Karl Raimund Popper creció en un ambiente marcado por el fermento intelectual y las sombras crecientes de los totalitarismos. Nacido en 1902, estudió matemáticas, física y psicología en la Universidad de Viena, y más tarde se exilió en Nueva Zelanda y luego en Inglaterra, donde desarrolló una obra que marcaría la filosofía del siglo XX. En su libro La sociedad abierta y sus enemigos, escrito durante la Segunda Guerra Mundial, Popper expuso con claridad una de sus ideas más punzantes: la paradoja de la tolerancia.
Esta paradoja sostiene que una tolerancia ilimitada hacia los intolerantes conduce necesariamente a la desaparición de la tolerancia misma. Si una sociedad tolerante no está dispuesta a defenderse con firmeza frente a aquellos que rechazan las reglas de la convivencia abierta y pretenden imponer su visión por la fuerza o el engaño, entonces los tolerantes serán eliminados junto con su principio. Popper no abogaba por la intolerancia arbitraria, sino por la necesidad de trazar límites racionales. La sociedad abierta debe reservarse el derecho de excluir o restringir a quienes utilizan la libertad para destruirla. Se trataba de una defensa lógica de las democracias liberales contra las amenazas totalitarias que él había visto ascender en Europa.
Esta observación filosófica, forjada en el fuego de la lucha contra el nazismo y el comunismo, revela una dinámica que opera en cualquier sistema humano. Las sociedades no son abstracciones inmutables; dependen de normas compartidas que requieren un mantenimiento activo. Cuando se abandona esa vigilancia, la erosión comienza.
En las últimas décadas, sectores influyentes de la izquierda han practicado una tolerancia selectiva que activa precisamente esta paradoja en su forma más destructiva. Han extendido una comprensión ilimitada hacia formas de intolerancia radical, como el islamismo extremista que rechaza la igualdad de derechos, la secularidad o la libertad de expresión, mientras reservan su rigor censor para opiniones disidentes dentro de sus propias filas. En varios países europeos, por ejemplo, se han permitido enclaves donde se promueve la sharía paralela, se hostiga a mujeres por su forma de vestir o se incita contra las minorías, bajo el pretexto de «respeto cultural». La misma dinámica se repite con la criminalidad organizada en ciertas zonas urbanas de Suecia o Francia, donde la respuesta institucional ha sido tibia por temor a ser tachados de «estigmatizadores».
La paradoja se cumple, pues al negarse a defender con claridad los principios de la sociedad abierta, como libertad individual, igualdad ante la ley, debate racional, se abre paso un retroceso hacia sociedades cerradas y jerárquicas. En lugar de aplicar criterios universales, se impone una jerarquía de víctimas que justifica la ceguera ante ciertas agresiones. Esto no fortalece la convivencia; la debilita hasta hacerla irreconocible. Países como el Reino Unido han visto debates sobre «zonas de exclusión» donde la policía actúa con cautela extrema, mientras que en Alemania se han documentado casos de paralelismo legal tolerado en barrios específicos.
Karl Raimund Popper advertía que la defensa de la sociedad abierta exige coraje intelectual y coherencia. No basta solo con proclamar los valores; hay que protegerlos de quienes los instrumentalizan. Cuando se tolera activamente lo intolerable, sean ideologías que niegan derechos básicos o comportamientos que erosionan el contrato social, el resultado previsible es la fragmentación y el auge de reacciones extremas en el otro extremo. La historia reciente de varias naciones occidentales confirma esta lógica implacable: cuanto más se estira la tolerancia unilateral, más se contrae el espacio para la libertad genuina.
Popper, con su énfasis en la falsabilidad y en las sociedades abiertas, legó una herramienta para identificar estos errores. Ignorarla no evita la paradoja; la acelera de forma hiriente e irreversible.
Que te diviertas!
Esta paradoja sostiene que una tolerancia ilimitada hacia los intolerantes conduce necesariamente a la desaparición de la tolerancia misma. Si una sociedad tolerante no está dispuesta a defenderse con firmeza frente a aquellos que rechazan las reglas de la convivencia abierta y pretenden imponer su visión por la fuerza o el engaño, entonces los tolerantes serán eliminados junto con su principio. Popper no abogaba por la intolerancia arbitraria, sino por la necesidad de trazar límites racionales. La sociedad abierta debe reservarse el derecho de excluir o restringir a quienes utilizan la libertad para destruirla. Se trataba de una defensa lógica de las democracias liberales contra las amenazas totalitarias que él había visto ascender en Europa.
Esta observación filosófica, forjada en el fuego de la lucha contra el nazismo y el comunismo, revela una dinámica que opera en cualquier sistema humano. Las sociedades no son abstracciones inmutables; dependen de normas compartidas que requieren un mantenimiento activo. Cuando se abandona esa vigilancia, la erosión comienza.
En las últimas décadas, sectores influyentes de la izquierda han practicado una tolerancia selectiva que activa precisamente esta paradoja en su forma más destructiva. Han extendido una comprensión ilimitada hacia formas de intolerancia radical, como el islamismo extremista que rechaza la igualdad de derechos, la secularidad o la libertad de expresión, mientras reservan su rigor censor para opiniones disidentes dentro de sus propias filas. En varios países europeos, por ejemplo, se han permitido enclaves donde se promueve la sharía paralela, se hostiga a mujeres por su forma de vestir o se incita contra las minorías, bajo el pretexto de «respeto cultural». La misma dinámica se repite con la criminalidad organizada en ciertas zonas urbanas de Suecia o Francia, donde la respuesta institucional ha sido tibia por temor a ser tachados de «estigmatizadores».
La paradoja se cumple, pues al negarse a defender con claridad los principios de la sociedad abierta, como libertad individual, igualdad ante la ley, debate racional, se abre paso un retroceso hacia sociedades cerradas y jerárquicas. En lugar de aplicar criterios universales, se impone una jerarquía de víctimas que justifica la ceguera ante ciertas agresiones. Esto no fortalece la convivencia; la debilita hasta hacerla irreconocible. Países como el Reino Unido han visto debates sobre «zonas de exclusión» donde la policía actúa con cautela extrema, mientras que en Alemania se han documentado casos de paralelismo legal tolerado en barrios específicos.
Karl Raimund Popper advertía que la defensa de la sociedad abierta exige coraje intelectual y coherencia. No basta solo con proclamar los valores; hay que protegerlos de quienes los instrumentalizan. Cuando se tolera activamente lo intolerable, sean ideologías que niegan derechos básicos o comportamientos que erosionan el contrato social, el resultado previsible es la fragmentación y el auge de reacciones extremas en el otro extremo. La historia reciente de varias naciones occidentales confirma esta lógica implacable: cuanto más se estira la tolerancia unilateral, más se contrae el espacio para la libertad genuina.
Popper, con su énfasis en la falsabilidad y en las sociedades abiertas, legó una herramienta para identificar estos errores. Ignorarla no evita la paradoja; la acelera de forma hiriente e irreversible.
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