02 octubre 2026

Pelicula Seleccionada: Órbita 9 (Hatem Khraiche, 2017)

El hombre inteligente busca una vida tranquila, modesta, definida de infortunios; y si es un espíritu muy superior, escogería la soledad.
Arthur Schopenhauer
En este thriller retro-futurista, un grupo de élite, de una Humanidad en decadencia, empieza a plantearse la vida fuera de la Tierra. Helena (Clara Lago) lleva preparándose para una misión de supervivencia desde que nació en una cabina, por hacerla creer que se encuentra en el espacio. Aunque ella no lo sabe, forma parte de un ensayo científico de gran envergadura, la única tripulante de una nave espacial que se dirige rumbo a un planeta que promete dar aliento a la esperanza de vida de la especie humana apunto de la extinción en la Tierra. Durante su largo viaje espacial la nave sufrirá una avería con el oxígeno que hará indispensable su revisión por parte de un ingeniero. Su destino cambiará cuando Álex (Álex González) se cruce en su vida y le haga descubrir una nueva realidad, totalmente inimaginable, extraña, y extraordinaria para ella. Pero la historia de amor en la que ambos se embarcan pondrá en riesgo un experimento de vital importancia para toda la Humanidad.
Un futuro distópico donde la Humanidad está amenazada de muerte por el cambio climático y la única vía de escape parece “mudarse” a planetas más amables para la vida.


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01 octubre 2026

Tips de Viajeros XXXIII - Pava de viaje

Casi cuanto necesitas saber; ya lo sabes, únicamente tienes que recordarlo. El resto de la información en sí misma no servirá de nada, si no sabemos descifrarla.
Sherman Kent, Inteligencia Estratégica
Porque llevar una pava eléctrica en los viajes:
Algunos viajeros llevan su propia pava eléctrica portátil, no solo para preparar mate o té, sino también por un tip viral que sugiere usar la de los hoteles para esterilizar copas menstruales.
Sin palabras, así como lo leiste.

Comprate una vos también y descubri su utilidad tanto en viajes como en casa, especialmente por su bajo consumo eléctrico. Ahora que ya sabes esto, seguro que la vas a incluir como un imprescindible en la lista de productos para viajar.


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30 septiembre 2026

Comprando baterias LIFEPO4

La verdadera cuestión es que la gran mayoría de la gente no quiere la libertad, en realidad le tiene miedo. Hay que ser libre para llegar a serlo, porque la libertad es existencia, es ante todo un consentimiento consciente de la existencia y el deseo, percibido como un destino personal, de manifestarla. En este punto el hombre es libre, y este mundo lleno de opresión y de agentes opresores, sólo puede servir para hacer visible su libertad en todo su esplendor, igual que una gran masa de roca primaria produce cristales por su alta presión.

Esta nueva libertad es la vieja libertad, es la libertad absoluta revestida con los nuevos ropajes de los tiempos. Llevarla a la victoria, una y otra vez, a pesar de todas las artimañas del zeitgeist: éste es el sentido del mundo histórico.
Ernst Jünger, El paso del bosque
Si estás pensando en adquirir algún equipo de energía solar, o batería, esto te resultará de gran ayuda.

¿Que quiere decir "LIFEPO4"?
La baterías LiFePO4 (fosfato de hierro y litio) utiliza una química derivada de la tecnología litio-ion, y comparte muchas ventajas de las baterías de este tipo. Sin embargo, hay diferencias sustanciales. La química LFP presenta una durabilidad mayor que otras baterías de Ión de Litio.

¿Cómo saber si mi batería es LIFEPO4?
Las baterias recargables fabricadas en ion-litio + LifePO4, la química LifePO4 presenta una durabilidad mayor que las baterías de solo fabricadas con Litio. Las baterías LiFePO4 tienen un voltaje de descarga muy constante. Su voltaje se mantiene cerca de los 3,2 V durante la descarga hasta que la pila se vacía.

Antes de adquirir una, asegurate de que sea LiFePO4.


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29 septiembre 2026

Voyager 1 acaba de regresar de entre los muertos

Algo que se pensaba que estaba roto desde hace más de 20 años ha vuelto repentinamente a la vida en una nave espacial a más de 15 mil millones de millas de la Tierra.

El Voyager 1 de la NASA, lanzado en 1977, recientemente enfrentó otro problema que podría haber amenazado su capacidad para comunicarse con nosotros. Los ingenieros necesitaron propulsores de rodadura de respaldo para ayudar a mantener la antena de la nave espacial apuntando con precisión hacia la Tierra. Pero esos propulsores se habían considerado inutilizables desde 2004, después de que sus pequeños calentadores dejaran de recibir energía.

Luego, los ingenieros de la NASA volvieron a examinar el viejo fallo. Sospechaban que los calentadores podrían no estar realmente muertos, sino atascados en el estado eléctrico equivocado.

Así que enviaron un comando cuidadosamente planificado al espacio profundo.

La señal tardó más de 23 horas en llegar a Voyager 1. No hubo respuesta instantánea y no había forma de intervenir si la nave espacial reaccionaba mal. Los ingenieros tuvieron que esperar.

Luego, más de un día después, llegó la telemetría.

La temperatura había subido.

Los calentadores estaban funcionando.

Un sistema que se creía perdido durante dos décadas había sido traído de vuelta a la vida desde miles de millones de millas de distancia.

El momento importa. Los propulsores funcionales de Voyager están volviéndose lentamente menos confiables a medida que se acumula el residuo de combustible dentro de sus tubos estrechos. Mientras tanto, la fuente de energía nuclear de la nave espacial pierde alrededor de cuatro vatios cada año. La NASA ya se ha visto obligada a apagar instrumentos para conservar su suministro menguante de electricidad. Solo dos instrumentos científicos permanecen operativos.

Y Voyager 1 sigue dirigiéndose más lejos hacia el espacio interestelar.

En Noviembre de 2026, se espera que se convierta en el primer objeto hecho por el hombre en alcanzar una distancia de un día luz de la Tierra —alrededor de 16.1 mil millones de millas de distancia—.

Una nave espacial construida hace casi medio siglo todavía está susurrando información de vuelta a la Tierra desde la oscuridad entre las estrellas.

Y de alguna manera, cada vez que parece lista para guardar silencio, los ingenieros encuentran otra forma de mantenerla hablando.

El poder de Voyager proviene de generadores termoeléctricos de radioisótopos: dispositivos sin partes móviles que convierten el calor de la desintegración natural del plutonio-238 directamente en electricidad utilizando el efecto Seebeck: dos semiconductores disímiles unidos en una unión caliente producen un voltaje proporcional a la diferencia de temperatura entre los lados caliente (nuclear) y frío (espacial).

La única cosa en movimiento es la desintegración de átomos individuales de plutonio.

Fuente: NASA/JPL


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28 septiembre 2026

La Ley de Goodhart

En las aulas polvorientas de la London School of Economics, a finales de los años 70, el economista Charles Goodhart observaba con ironía cómo los gobiernos intentaban controlar la economía mediante indicadores. Una y otra vez, los mismos números que servían para medir la realidad comenzaban a deformarse en cuanto se convertían en objetivo oficial. De esa observación surgió la Ley de Goodhart, que más tarde el antropólogo Donald Campbell reforzaría con su propia formulación: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida.

La ley es cruelmente sencilla. Un indicador, ya sea toneladas de producción, porcentaje de graduados, tasa de empleo o nivel de emisiones, funciona razonablemente bien mientras permanece como señal de algo más profundo. Pero en el momento en que los incentivos se alinean para maximizar ese número, los seres humanos, astutos y adaptativos, comienzan a jugar con él. Ya no persiguen el bienestar, la calidad o la verdad; persiguen el indicador. La medida se corrompe y, con ella, la realidad que pretendía reflejar.

La historia soviética ofrece el ejemplo más grotesco y pedagógico. En los años 30, un planificador central ordenó a las fábricas de clavos cumplir una cuota anual en «número de clavos producidos». Las fábricas, ansiosas por cumplir y recibir premios, fabricaron millones de clavos diminutos, casi inútiles, que cabían por millares en una caja. El planificador, enfurecido, cambió la meta al «peso total de clavos». Al año siguiente, las fábricas produjeron unos pocos clavos gigantescos, pesados como lingotes, igualmente inútiles. En ambos casos, el indicador brillaba en los informes, pero la economía real carecía de clavos que sirvieran para clavar.

Décadas después, la izquierda post-1968 y sus herederos institucionales abrazaron con entusiasmo la lógica de los objetivos centrales. Convencidos de que la sociedad podía dirigirse como una gran fábrica, multiplicaron las metas numéricas: coeficiente de Gini para medir igualdad, porcentaje de «minorías» en plantillas y aulas, toneladas de CO₂ evitadas, número de leyes aprobadas contra tal o cual discriminación. Cada uno de estos indicadores se transformó rápidamente en objetivo sagrado.

En las universidades y empresas occidentales, la meta de «diversidad» medida por cuotas de género, raza o identidad sexual desplazó al mérito y a la competencia real. Los departamentos de recursos humanos y las oficinas de admisión aprendieron a optimizar el indicador: contrataban o admitían según proporciones visibles, aunque ello supusiera bajar estándares, inflar calificaciones o ignorar diferencias reales de preparación. El porcentaje subía, las fotografías institucionales lucían multicolores, pero la calidad educativa y la cohesión interna se degradaban. Los mejores estudiantes y profesionales comenzaban a emigrar hacia entornos menos «optimizados». El indicador triunfaba; la excelencia se marchitaba.

En el terreno energético, la obsesión por las «emisiones cero netas» convirtió las toneladas de CO₂ evitadas en el nuevo clavo soviético. Gobiernos y empresas persiguieron el número con subsidios masivos a energías intermitentes, cierres precipitados de centrales nucleares y de carbón, y prohibiciones regulatorias. El indicador mejoraba en los informes internacionales, pero la realidad entregaba precios disparatados de la electricidad, dependencia de países autoritarios para minerales y baterías, y episodios crecientes de apagones o racionamiento en países que apostaron todo al objetivo. La medida brillaba y la fiabilidad del sistema colapsaba.

El socialismo planificado clásico y sus versiones suavizadas contemporáneas comparten esta patología: quien fija el objetivo desde arriba nunca posee la información local ni los incentivos correctos que sí tienen los actores de carne y hueso. Estos últimos, racionales, responden al incentivo que se les da, no al deseo abstracto del planificador. El resultado es siempre el mismo: distorsión masiva, «producción» fantasma y un abismo cada vez mayor entre las estadísticas oficiales y la vida cotidiana.

La Ley de Goodhart sigue vigente, implacable. Cada nueva campaña que convierte un número en cruzada, sea equidad de género medida por consejeras, inclusión racial por becas o descarbonización por subsidios, repite el viejo error soviético con ropa nueva y lenguaje moralizante. Mientras tanto, la sociedad real, como aquellas fábricas de clavos, aprende a fabricar lo que se le premia, aunque ya nadie pueda usarlo.


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27 septiembre 2026

Dead drop, red offline, anónima y totalmente física

Cuando las mujeres nos aman, nos perdonan todo, incluso nuestros crímenes. Cuando no nos aman, no nos perdonan nada, ni siquiera nuestras virtudes.
Honorè de Balzac
Érase una vez, en el otoño de 2010, un artista alemán llamado Aram Bartholl que estaba harto de Internet. Harto de que todo estuviera en la nube, vigilado, rastreado y controlado por empresas gigantes.

Una noche, en las calles frías de Nueva York, decidió hacer algo loco: tomó cinco memorias USB, las incrustó con cemento en las paredes de edificios públicos... y las dejó ahí, como un secreto a la vista de todos.

Solo sobresalía el conector plateado. Al lado, un papelito decía: “Conéctate. Comparte lo que quieras. Sin nombres. Sin rastros. Sin internet.”

Así nació la primera Dead Drop (la “gota muerta”), una red offline, anónima y totalmente física.

Cualquiera que pasara por ahí podía enchufar su laptop a la pared, copiar lo que había dentro (fotos, textos, arte, música) o dejar sus propios archivos. Era como un geocaching para datos: un juego urbano donde el mundo entero se convertía en un gigantesco disco duro compartido.

La idea se volvió viral. Hoy, más de 2.300 de estas memorias USB están escondidas en muros, postes y aceras de docenas de países (¡hasta hay en Quilmes!). Hay un mapa secreto en https://deaddrops.com que te dice exactamente dónde encontrarlas. La gente las usa para compartir arte prohibido, mensajes de resistencia o simplemente para sentir que los datos vuelven a ser... suyos.

Pero aquí viene el giro oscuro de la historia.

Porque nadie sabe quién dejó qué. Y en ese mundo anónimo… cualquiera puede ser el villano.
Imagina que un día, caminando por tu ciudad, ves uno de esos conectores plateados brillando en la pared. La curiosidad te pica. Sacas tu laptop, lo enchufas... y de repente, un archivo inocente se abre. Pero dentro no hay arte: hay un malware silencioso que se cuela en tu máquina, roba contraseñas, encripta tus fotos o peor.

Hay hasta “USB killers” que mandan un voltaje brutal y fríen tu puerto USB en segundos.

Expertos en ciberseguridad lo advirtieron desde el principio: más de la mitad de la gente que encuentra una memoria USB tirada en la calle la conecta sin pensarlo. Y las Dead Drops son exactamente eso... pero peores, porque parecen arte.

Por eso, la moraleja de esta historia urbana es clara: son una idea hermosa para recuperar la libertad digital, pero también una trampa mortal.

Si alguna vez te topas con una... nunca la enchufes en tu computadora principal. Usa una máquina virtual, una laptop viejo sin datos importantes, desactiva todo lo automático y escanea con antivirus.

O mejor aún: mírala, sonríe y sigue caminando. Porque a veces, la curiosidad no solo mata al gato... también borra tu disco rígido.


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26 septiembre 2026

Costumbres de alimentación

Mao, Stalin y Hitler no llegaron al poder promocionando la tiranía, llegaron prometiendo la igualdad.
Rand Paul
Los esclavos en Roma comían pan, aceitunas y gachas.
La nobleza romana comía carne.

Los obreros egipcios construyeron las pirámides con pan, cebollas y cerveza.
El faraón comía carne.

Los campesinos aztecas comían maíz y frijoles.
La nobleza azteca comía carne.

Los campesinos chinos comían arroz y verduras.
La nobleza china comía carne.

Las castas bajas indias comían arroz, lentejas y pan plano.
La corte mogol comía carne.

Los campesinos japoneses feudales comían arroz y encurtidos.
Los samuráis comían pescado y carne.

Los agricultores nativos americanos comían maíz y calabaza.
Las culturas guerreras comían bisontes.

Los siervos europeos medievales comían potaje y pan negro.
Los señores comían venado y cisne.

Los plebeyos de la era Tudor comían pan cortado con tiza.
La corte de Enrique VIII consumía miles de cabezas de ganado al año.

La clase trabajadora victoriana comía pan, té y lo que quedaba.
La aristocracia victoriana comía res, caza y mantequilla.

Toda civilización. Cada siglo. Cada continente.

Los pobres comían las plantas.
Los ricos comían los animales.

Luego, en 1977, un comité de senadores estadounidenses le dijo al mundo que la dieta campesina era la saludable todo el tiempo.

Ninguna civilización en la historia humana lo había descubierto.

Hasta entonces.

Aparentemente.


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