La luz mortecina alumbra con destellos grotescos los anaqueles infestados de libros, algunos de ellos tan execrables que apenas si han sido hojeados por mano humana alguna. Como una cripta milenaria y sideral, los pasadizos subterráneos de la Biblioteca Nacional, en el barrio de la Recoleta, albergan un contingente de extrañas criaturas que permanecen ocultas a los habitantes del exterior.
Al presentar el volumen en el que se basa toda su mitología, H. P. Lovecraft sostiene que sólo han sobrevivido cinco copias del Necronomicón, fuente de horrorosas verdades universales, como aquella que reza que "no está muerto lo que yace eternamente, y con los eones extraños incluso la muerte puede morir". Se encuentran en la Biblioteca de Widener, Harvard; en la Biblioteca Nacional de París, en el Museo Británico, y en la ficticia Universidad de Miskatonic. El quinto ejemplar —según El horror de Dunwich (The Dunwich Horror)— estaría en la Universidad de Buenos Aires (UBA), creando un mito bastante difícil de erradicar.
¿Cuántos lectores en tránsito por esas impresionables edades, la pubertad y primera adolescencia, se habrán comunicado con la Universidad de Buenos Aires (Lovecraft sic) para corroborar la información e intentar acceder a los secretos del indescriptiblemente deleznable volumen? La leyenda echa raíces aún más fuertes con un pie de página bello y fantástico: el propio Jorge Luis Borges podría haber sido el encargado de fichar el poderoso libro en los cartularios de la Biblioteca Nacional durante su gestión al frente de esa entidad, quedando ciego como consecuencia de la malsana curiosidad literaria.
En 1955, Jorge Luis Borges asumió el cargo de director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, la cual está estrechamente vinculada a la UBA.
Constantemente recibía solicitudes para acceder a una copia del Necronomicón, algo que, lejos de irritarlo, lo llevó a confundir aún más las cosas para los cándidos lectores de Lovecraft.
En 1956, Borges incluyó una entrada en el catálogo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, aclarando que la institución poseía un ejemplar del Necronomicón. Así de directo, sin ambigüedades, sin vagas referencias aptas para el anticuario promedio: el Necronomicón, lisa y llanamente, en la Biblioteca Nacional.
Borges abandonó el cargo de director de la Biblioteca Nacional en 1973. Dos años después, en 1975, publicó El libro de arena, una colección de relatos fantásticos donde aparece un cuento que homenajea a H.P. Lovecraft, titulado: There are more things (Hay más cosas). Allí, nuevamente, reaparece el tópico de la casa embrujada, y conocimientos tan abyectos que son capaces de volver loco al hombre más racional.
Desde ya que no podemos probar que la copia del Necronomicón que Borges agregó al catálogo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires haya existido realmente. Por tal caso, tampoco podemos probar que el Necronomicón exista, tampoco el Aleph, pero sí que ambos autores se asomaron al abismo de la Eternidad, cada uno con sus propias herramientas, sus propias obsesiones, y observaron que ésta les devolvía la mirada.
Hechos: al menos por unas semanas, el catálogo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, cuyo director era Jorge Luis Borges, aseguró que contaba con una edición del Necronomicón. No es mucho, casi nada, pero suficiente para justificar la imaginación de quienes todavía se permiten la posibilidad de encontrar el Aleph en algún sótano, en cualquier biblioteca.
Aclaraciòn: No, Jorge Luis Borges no se quedó ciego por leer el Necronomicón. La ceguera de Borges fue resultado de una enfermedad congénita que también afectó a su padre. Su pérdida de visión fue un proceso gradual y doloroso que comenzó en la infancia y empeoró con el tiempo, hasta quedar casi completamente ciego. La idea de que el Necronomicón (un libro ficticio de la obra de H.P. Lovecraft) fuera la causa es un mito urbano o una broma, según algunos autores como J. S. Navarro.
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Al presentar el volumen en el que se basa toda su mitología, H. P. Lovecraft sostiene que sólo han sobrevivido cinco copias del Necronomicón, fuente de horrorosas verdades universales, como aquella que reza que "no está muerto lo que yace eternamente, y con los eones extraños incluso la muerte puede morir". Se encuentran en la Biblioteca de Widener, Harvard; en la Biblioteca Nacional de París, en el Museo Británico, y en la ficticia Universidad de Miskatonic. El quinto ejemplar —según El horror de Dunwich (The Dunwich Horror)— estaría en la Universidad de Buenos Aires (UBA), creando un mito bastante difícil de erradicar.
¿Cuántos lectores en tránsito por esas impresionables edades, la pubertad y primera adolescencia, se habrán comunicado con la Universidad de Buenos Aires (Lovecraft sic) para corroborar la información e intentar acceder a los secretos del indescriptiblemente deleznable volumen? La leyenda echa raíces aún más fuertes con un pie de página bello y fantástico: el propio Jorge Luis Borges podría haber sido el encargado de fichar el poderoso libro en los cartularios de la Biblioteca Nacional durante su gestión al frente de esa entidad, quedando ciego como consecuencia de la malsana curiosidad literaria.
En 1955, Jorge Luis Borges asumió el cargo de director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, la cual está estrechamente vinculada a la UBA.
Constantemente recibía solicitudes para acceder a una copia del Necronomicón, algo que, lejos de irritarlo, lo llevó a confundir aún más las cosas para los cándidos lectores de Lovecraft.
En 1956, Borges incluyó una entrada en el catálogo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, aclarando que la institución poseía un ejemplar del Necronomicón. Así de directo, sin ambigüedades, sin vagas referencias aptas para el anticuario promedio: el Necronomicón, lisa y llanamente, en la Biblioteca Nacional.
Borges abandonó el cargo de director de la Biblioteca Nacional en 1973. Dos años después, en 1975, publicó El libro de arena, una colección de relatos fantásticos donde aparece un cuento que homenajea a H.P. Lovecraft, titulado: There are more things (Hay más cosas). Allí, nuevamente, reaparece el tópico de la casa embrujada, y conocimientos tan abyectos que son capaces de volver loco al hombre más racional.
Desde ya que no podemos probar que la copia del Necronomicón que Borges agregó al catálogo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires haya existido realmente. Por tal caso, tampoco podemos probar que el Necronomicón exista, tampoco el Aleph, pero sí que ambos autores se asomaron al abismo de la Eternidad, cada uno con sus propias herramientas, sus propias obsesiones, y observaron que ésta les devolvía la mirada.
Hechos: al menos por unas semanas, el catálogo de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, cuyo director era Jorge Luis Borges, aseguró que contaba con una edición del Necronomicón. No es mucho, casi nada, pero suficiente para justificar la imaginación de quienes todavía se permiten la posibilidad de encontrar el Aleph en algún sótano, en cualquier biblioteca.
Y al leer las páginas de dicho libro resguardado solo supo una cosa, de algo que se acerca no será hoy, no será mañana, no será la semana siguiente, no será al mes que viene, no será el año siguiente, no será la década siguiente, pero él sabía algo.
Ellos regresarán.
Aclaraciòn: No, Jorge Luis Borges no se quedó ciego por leer el Necronomicón. La ceguera de Borges fue resultado de una enfermedad congénita que también afectó a su padre. Su pérdida de visión fue un proceso gradual y doloroso que comenzó en la infancia y empeoró con el tiempo, hasta quedar casi completamente ciego. La idea de que el Necronomicón (un libro ficticio de la obra de H.P. Lovecraft) fuera la causa es un mito urbano o una broma, según algunos autores como J. S. Navarro.
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