La vida no nos debe nada. No nacemos con derecho a la felicidad, ni a la salud, ni al amor. Todo lo que recibimos es préstamo, no herencia. El cuerpo, la risa, los amigos, el aire. Y como tal, debemos agradecerlo sin aferrarnos. Porque el verdadero sufrimiento nace del apego a las cosas que creemos nuestras: el prestigio, el dinero, las certezas.
En casa, cuando niño, mi madre solía decir: “No somos pobres”. Y era cierto. Había algo sagrado en aquellos momentos donde todos compartíamos lo poco sin contar lo mucho. Recuerdo cómo se calentaban las tortillas sobre el comal hasta que se inflaban como corazones llenos de vapor. Nos pasaba el primer bocado con una sonrisa que decía: “Esto es suficiente”. Y lo era.
Con los años, he visto cómo las etiquetas sociales nos enredan. Nos miden por lo que producimos, no por lo que somos. Y sin embargo, cuando alguien muere, lo que se recuerda no es el saldo de su cuenta bancaria, sino la forma en que escuchaba, en que miraba, en que hizo sentir a los demás. Todos sabemos que la verdadera riqueza es invisible.
Siempre queda fragancia en la mano que da una flor, al igual que en cada persona que comparte presencia, apoyo y consideración hacia sus semejantes, sin esperar recompensa. En la señora que da su tiempo para cuidar al hijo de la vecina. En el joven que cede su asiento sin mirar el aplauso. En la madre que, con lo justo, siempre guarda la mejor parte del guisado para sus hijos. En mí, cuando dejo de pensar en lo que me falta, me entrego —sin cálculo— a lo que tengo y lo comparto con otros.
Me gusta pensar que no existe otra riqueza que la vida, que se vuelve inconmensurable en el placer de dar y en el disfrute de cada detalle. Ante la belleza de un amanecer, ante el perdón sincero, ante un abrazo que salva. En aprender a vivir con más ligereza, con más gratitud, con menos miedo.
No, no hay benefactor alguno. Ni el Estado, ni el mercado de valores, ni el patrón, ni la suerte. La vida misma es el donador silente. Y nosotros, apenas administradores breves de sus dones. Por eso, cuando me preparo café por la mañana y lo huelo como si fuera incienso, entiendo que ahí también se manifiesta la riqueza. En la pausa. En el momento no urgido. En la gratitud sin motivo.
Sólo el que se reconoce mendigo puede ofrecer desde la verdad. Y sólo quien da sin poseer, posee de verdad.
Erik Silva.
Que te diviertas!
En casa, cuando niño, mi madre solía decir: “No somos pobres”. Y era cierto. Había algo sagrado en aquellos momentos donde todos compartíamos lo poco sin contar lo mucho. Recuerdo cómo se calentaban las tortillas sobre el comal hasta que se inflaban como corazones llenos de vapor. Nos pasaba el primer bocado con una sonrisa que decía: “Esto es suficiente”. Y lo era.
Con los años, he visto cómo las etiquetas sociales nos enredan. Nos miden por lo que producimos, no por lo que somos. Y sin embargo, cuando alguien muere, lo que se recuerda no es el saldo de su cuenta bancaria, sino la forma en que escuchaba, en que miraba, en que hizo sentir a los demás. Todos sabemos que la verdadera riqueza es invisible.
Siempre queda fragancia en la mano que da una flor, al igual que en cada persona que comparte presencia, apoyo y consideración hacia sus semejantes, sin esperar recompensa. En la señora que da su tiempo para cuidar al hijo de la vecina. En el joven que cede su asiento sin mirar el aplauso. En la madre que, con lo justo, siempre guarda la mejor parte del guisado para sus hijos. En mí, cuando dejo de pensar en lo que me falta, me entrego —sin cálculo— a lo que tengo y lo comparto con otros.
Me gusta pensar que no existe otra riqueza que la vida, que se vuelve inconmensurable en el placer de dar y en el disfrute de cada detalle. Ante la belleza de un amanecer, ante el perdón sincero, ante un abrazo que salva. En aprender a vivir con más ligereza, con más gratitud, con menos miedo.
No, no hay benefactor alguno. Ni el Estado, ni el mercado de valores, ni el patrón, ni la suerte. La vida misma es el donador silente. Y nosotros, apenas administradores breves de sus dones. Por eso, cuando me preparo café por la mañana y lo huelo como si fuera incienso, entiendo que ahí también se manifiesta la riqueza. En la pausa. En el momento no urgido. En la gratitud sin motivo.
Sólo el que se reconoce mendigo puede ofrecer desde la verdad. Y sólo quien da sin poseer, posee de verdad.
Erik Silva.
Que te diviertas!








