Basada en la novela de Kurt Vonnegut.
Kurt Vonnegut quería escribir una novela sobre la guerra, pero tenía dos problemas, el primero, que le hacía volver a lo que él había sufrido: sobrevivió al Bombardeo de Desdre, el más cruento de la Segunda Guerra Mundial, y fue hecho prisionero de guerra, el segundo, que le daba pavor que llevasen la historia al cine (como le advirtió que pasaría una buena amiga suya) y la interpretase una gran estrella, un actor muy machote, y los niños quisiesen ir también a la guerra y las guerras no se acabaran nunca.
Pero escribió esa novela, y se prometió que seriá distinta a todas las demás, que hablaría de la Cruzada de los Niños. Y que en ella habría miedo y risa y viajes en el tiempo y ternura y estupor y sorpresa y fragilidad.
En Dresde, vive Billy Pilgrim (Michael Sacks), un joven tranquilo, sin pasiones ni curiosidad por el mundo que lo rodea, a pesar de que le ha tocado vivir la Segunda Guerra Mundial. Vive tan absorto, tan fuera de la realidad, que ni siquiera se percata del terrible bombardeo de su ciudad.
Qué obra maestra, esta película. Es una tarea difícil traducir un libro como Matadero Cinco en gesto, imagen y sonido, pero la traducción fue un éxito. Poh-tee-weet, escrito en el libro, como el hermoso silbido, el sonido de un pájaro, contra el cual se ensaya un evento horrible y absurdo como el bombardeo de Dresde. Hay un elemento de sublimidad en ese leitmotiv, cuando el canto de los pájaros se convierte en la música de Johann Sebastian Bach. Una composición tan magnífica, tanto en la película como en la música. Porque Glen Gould tiene una forma particular de tocar a Bach, su ídolo: en una contemplación melancólica de su música. Combinado con la cinematografía atemporal de George Roy Hill, quien también dirigió Butch Cassidy y el Sundance Kid, el resultado es una obra maestra brillante; curiosamente pasada por alto por la historia.
Y quizás por las razones equivocadas. La crítica que más escucho es que la película carece del fuerte elemento de ironía que pintó tan colorida y vivamente las narrativas de Vonnegut. Y estoy de acuerdo. La película carece de la ironía descarada y rebelde de la contracultura. Y esto puede ser quizás porque de la obra de Vonnegut, esta es quizás la única cosa que no se puede traducir. Pero medir la película contra este fracaso percibido es injusto. El momento singular fundamental sigue ahí. Mira, qué absurdo, qué cosa terrible sucedió, en el telón de fondo de la mundanidad, en el telón de fondo de la locura, de las lamentos aburridos de la vida, en el telón de fondo del arte profundamente hermoso.
Que te diviertas!
Kurt Vonnegut quería escribir una novela sobre la guerra, pero tenía dos problemas, el primero, que le hacía volver a lo que él había sufrido: sobrevivió al Bombardeo de Desdre, el más cruento de la Segunda Guerra Mundial, y fue hecho prisionero de guerra, el segundo, que le daba pavor que llevasen la historia al cine (como le advirtió que pasaría una buena amiga suya) y la interpretase una gran estrella, un actor muy machote, y los niños quisiesen ir también a la guerra y las guerras no se acabaran nunca.
Pero escribió esa novela, y se prometió que seriá distinta a todas las demás, que hablaría de la Cruzada de los Niños. Y que en ella habría miedo y risa y viajes en el tiempo y ternura y estupor y sorpresa y fragilidad.
En Dresde, vive Billy Pilgrim (Michael Sacks), un joven tranquilo, sin pasiones ni curiosidad por el mundo que lo rodea, a pesar de que le ha tocado vivir la Segunda Guerra Mundial. Vive tan absorto, tan fuera de la realidad, que ni siquiera se percata del terrible bombardeo de su ciudad.
Qué obra maestra, esta película. Es una tarea difícil traducir un libro como Matadero Cinco en gesto, imagen y sonido, pero la traducción fue un éxito. Poh-tee-weet, escrito en el libro, como el hermoso silbido, el sonido de un pájaro, contra el cual se ensaya un evento horrible y absurdo como el bombardeo de Dresde. Hay un elemento de sublimidad en ese leitmotiv, cuando el canto de los pájaros se convierte en la música de Johann Sebastian Bach. Una composición tan magnífica, tanto en la película como en la música. Porque Glen Gould tiene una forma particular de tocar a Bach, su ídolo: en una contemplación melancólica de su música. Combinado con la cinematografía atemporal de George Roy Hill, quien también dirigió Butch Cassidy y el Sundance Kid, el resultado es una obra maestra brillante; curiosamente pasada por alto por la historia.
Y quizás por las razones equivocadas. La crítica que más escucho es que la película carece del fuerte elemento de ironía que pintó tan colorida y vivamente las narrativas de Vonnegut. Y estoy de acuerdo. La película carece de la ironía descarada y rebelde de la contracultura. Y esto puede ser quizás porque de la obra de Vonnegut, esta es quizás la única cosa que no se puede traducir. Pero medir la película contra este fracaso percibido es injusto. El momento singular fundamental sigue ahí. Mira, qué absurdo, qué cosa terrible sucedió, en el telón de fondo de la mundanidad, en el telón de fondo de la locura, de las lamentos aburridos de la vida, en el telón de fondo del arte profundamente hermoso.
Que te diviertas!



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