16 septiembre 2011

Maestro del violín


Había una vez una orquesta, cuyo concertino, un eximio maestro del violín, llevaba ya 40 años en el cargo, y se aprestaba a jubilar. 

Dicho maestro tenía una misteriosa característica que llamaba la atención e intrigaba a los demás músicos de la orquesta, cual era que, siempre cuando llegaba a los ensayos, o a los mismos conciertos, realizaba un ritual, el ritual del papelito: ponía sobre una mesa el estuche del violín, lo abría, sacaba un papelito que leía para sí (lo que no le tomaba más de 3 segundos), guardaba el papelito en algún compartimiento escondido del estuche (a veces lo volvía a sacar para releerlo), después recién sacaba el violín, sacaba el arco de éste, y se ponía a precalentar el instrumento, momento en el que demostraba su exquisita técnica de ejecución violinística. Si alguien se acercaba o pasaba por donde se encontraba mientras leía el papelito, lo ocultaba con su cuerpo para que no se pudiera leer lo que en él estaba escrito. Los demás músicos comentaban intrigados entre si que aquello debía ser una cábala. 

En los 40 años que estuvo en la orquesta, todos los días de los ensayos, hacía exactamente lo mismo. Contaban los demás músicos que, en una ocasión llegó a un concierto, y al abrir el estuche del violín se dio cuenta de que no estaba el papelito. En esa ocasión entró en un nerviosismo extremo, se puso pálido, no sacó el violín para tocar, al contrario, cerró el estuche y se marchó raudo, sin dar explicaciones, lo que no dejó de molestar al director y a algunos integrantes del conjunto. Tuvo que suplirlo en el puesto su compañero de atril. 

Este maestro era muy introvertido, de pocos amigos, muy poco comunicativo, de aspecto algo hosco, aunque no dejaba de ser una persona amable y correcta. Pero igual, siempre mantenía una distancia con sus colegas que lo hacía distante para ellos, lo que hacía que simplememnte no se atrevieran a preguntarle para qué era aquello del papelito. Además la única vez que un compañero de labores se le ocurrió preguntarle por el asunto, lo único que obtuvo como respuesta fue un fuerte y cortante "¡¡a usted no le interesa!!". 

Pues bien, llegó el último día de su extensa, brillante y exitosa labor como músico, quizás el mejor violinista que haya tenido la orquesta, un día de ensayo que para él sería el último. Y como era de suponer, los colegas del conjunto decidieron que al final de la sesión de trabajo harían un brindis en su honor y de despedida. 

Pues bien, en los días previos al mencionado, mientras los maestros de la orquesta organizaban dicha actividad de despedida, fue que decidieron, no sin antes discutir airadamente bastante sobre aquello ya que habían muchos que se oponían, de que sería la mejor -y última- oportunidad de averiguar que decía el famoso papelito, o bien qué significaba aquel misterioso ritual de leerlo. 

Y llegó el día, hubo un cierto nerviosismo durante el ensayo, el maestro tocó como nunca, demostrando que pese a que jubilaba, seguía vigente en su profesión. Al final de la jornada, todos los músicos se reunieron frente al él (el cual curiosamente no mostraba ningún signo de tristeza o emoción por su partida del conjunto) y respetuosamente le expresaron su admiración y tristeza por su despedida, y le rogaron aceptara el brindis que en su honor le harían, a lo que él gustoso aceptó. En primer lugar habló el director de la orquesta, quien expresó con bellas palabras elogios para tan eximio maestro, y que su ausencia sería muy difícil de llenar en el conjunto. El maestro asentía con modestia ante aquellos elogios. Después fue el turno del presidente del conjunto, quien era el que tenía la difícil misión -que podía aguar y echar por tierra aquella emotiva despedida- de pregunatrle si sería tan amable de explicar, para dilucidar el misterio, qué era lo que decía el papelito, y por qué siempre antes de tocar lo leía. Para sorpresa de todos, el maestro accedió de buen humor y con agrado a la petición, no sin antes dirigir ahora él un discurso hacia sus colegas. Su discurso fue extenso, en el que aprovechó de contar sus inicios como músico, su ingreso a la orquesta, algunas anécdotas de trabajo durante esos 40 años, y otros asuntos, lo que hacía que mientras se explayaba, la ansiedad por que contara lo del papelito aumentaba entre los colegas. Fue al final, después de 30 eternos minutos de palabras, que al fin recordó lo del papelito diciendo: "¡ah!, de veras que ustedes me han pedido que les revele lo que dice el papel que llevo siempre conmigo dentro del estuche del violín, pues bien, aquí lo tengo, ustedes comprenderán, todos nosotros en la vida, y sobre todo en la vida profesional, necesitamos de alguna ayuda, algún recordatorio que nos permita desempeñarnos con éxito en nuestras funciones. Voy a pasar este papel al señor director de la orquesta para que lo lea para todos ustedes. Señor director, tenga usted y por favor sea tan amable de leerlo en voz alta para todos los colegas." Le pasó el papel al director bajo un silencio sepulcral. No volaba ni una mosca en aquel lugar. El director lo tomó, lo abrió y leyó para todos los presentes: "violín mano izquierda, arco mano derecha".

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