29 septiembre 2016

Valoraciones

En una oportunidad llega a la orilla de un río, un caballero muy distinguido y bien vestido, de bastón y portafolios, que le pide a un pescador que se encontraba alistando su canoa, que por favor lo cruzara hasta la costa opuesta.
El buen pescador accede y ya instalados ambos en la embarcación, uno en popa, el pasajero y el otro en el banco de los remos; y en el transcurso de la travesía entre las compasadas paladas se suscita una conversación:
– ¿Ha estudiado usted matemática?
– No, dice el pescador.
– Qué lástima mi amigo, ha perdido usted parte de su vida.
– ¿Tiene conocimientos de historia? vuelve a preguntar.
– No, es la respuesta.
– Qué lástima, ha perdido usted otra parte de su vida.
– ¿Sabe de geografía? Sigue preguntando el caballero.
– Tampoco, contesta siempre con humildad el buen pescador mientras mira con insistencia el cielo, oscuro por sobre la cabeza el pasajero.
– Qué lástima, ha perdido otra parte de su vida.
Y sigue así el diálogo y crecen también los nubarrones en el cielo y comienza a soplar el viento, a encresparse el agua y a cabecear la embarcación.
– ¿Sabe usted física? vuelve a preguntar con cara un tanto asustada el hombre, no ya tan erguido y agarrado de la borda.
– No, contesta con dificultad por el esfuerzo de bogar para mantener estable la ya insegura canoa, mientras arraciaba la tempestad; y al mismo tiempo y por primera vez el pescador pregunta:
– ¿Sabe usted nadar?
– No, nunca tuve tiempo para aprender. Fue la respuesta.
– Qué lástima, dijo el buen pescador. Ha perdido usted toda su vida.
Al mismo tiempo zozobraba en medio del río y la tormenta, la frágil embarcación.